Funcionamiento del sistema inmunitario infantil

El sistema inmunitario es nuestra mayor garantía de salud. Se encarga de luchar contra los patógenos que entran en el organismo para evitar que nos enfermen. Pero no actúa igual en los adultos que en los niños. De hecho, se desarrolla principalmente durante los tres primeros años de vida, por lo que esta etapa es la más importante.

Los principales componentes del sistema inmunitario son los glóbulos blancos que, a su vez, se dividen en dos células importantes: linfocitos (células de memoria) y los fagocitos (los que atacan a los invasores). Hay tres tipos de linfocitos, dependiendo de la función que desempeñen: Linfocito T (que participa de manera activa en la respuesta inmunológica), linfocitos B (viaja hasta los tejidos linfáticos para defender) y las células “Natural Killer” (que se encargan de destruir las células que contienen los microorganismos extraños). 

Para que el ejército de defensas actúe, nuestro organismo tiene que contar con una fuente consistente de nutrientes, vitaminas y minerales, por lo que la nutrición es clave en esta etapa. Además de la nutrición, existen otros factores clave en estos primeros años para fortalecer el sistema inmune como el descanso correcto y el fortalecimiento del sistema neuro-emocional.

Características del sistema inmune infantil

Cuando nacemos, nuestro sistema inmune no está preparado para luchar contra estos patógenos, por lo que debe aprender a lidiar con ellos. Según datos del grupo de Patología Infecciosa de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria, los niños con un sistema inmunitario normal tienen una media de 6-8 infecciones de vías respiratorias cada año durante los primeros 10 años de vida, hasta 6 episodios anuales de otitis media aguda y 2 de gastroenteritis en los 2-3 primeros años.

 “La frecuencia de infecciones de vías respiratorias altas es todavía mayor en los niños

preescolares que asisten a guardería o cuando sus hermanos lo hacen. Estos datos

contrastan con la incidencia de infecciones en el adulto, claramente inferior. Además, los niños pueden sufrir infecciones graves por microoganismos infrecuentes en otras épocas de la vida. Si bien la inmadurez anatómica influye, la causa fundamental radica en la inmadurez y en las peculiaridades del sistema inmune de los niños”, explica la doctora Mar Bergara.

En las peculiaridades de las que habla se encuentra la inmadurez de los dos tipos de sistema inmune: el adaptativo y el innato. 

En cuanto al sistema innato de los niños, según la doctora Bergara, “existe una inmadurez tanto física como bioquímica; los niveles del sistema del complemento se encuentran reducidos al 50% en recién nacidos respecto a los valores del adulto, alcanzando dichos valores hacia el año de vida. La reserva de neutrófilos es baja, lo que provoca generalmente que neonatos y lactantes respondan a las infecciones con neutropenia. La fagocitosis está también disminuida, por una menor cantidad de opsoninas (complemento, anticuerpos…). En cuanto a las células Natural Killer, su función es un 15-60% menor respecto al adulto y no expresan el marcador CD57. Solo el 50% expresan el CD56. Las defensinas también se encuentran disminuidas en los niños”.

Por otro lado, el sistema inmune adaptativo también es inmaduro. “El número de linfocitos es alto al nacer, con un aumento en las primeras 12h de vida. Desciende en la primera semana, y se mantiene estable el primer año, representando el 60-70% del total de leucocitos hasta los 2 años. A partir de esta edad, descienden hasta alcanzar cifras de adulto hacia los 10 años”, asegura la doctora.

“Existe una linfocitosis relativa con respecto al adulto, su funcionalidad está disminuida, predominando aquellos que no han tenido contacto con antígenos (vírgenes). Baja proliferación y escasez de células T de memoria. Mala cooperación con los linfocitos B. Producen escasas cantidades de linfoquinas. El número de linfocitos B está aumentando y predomina un fenotipo inmaduro”, concluye en su informe. 

En esta misma línea, un estudio de 2019 publicado en Nature Mucosal Immunology, encontró que los niños tienen cantidades más altas de células T vírgenes dentro de sitios de tejidos específicos, no solo en su sangre, lo que podría significar respuestas inmunes potenciadas en cualquier tejido al que se dirija un virus.

La leche materna y el sistema inmune

Los primeros meses de vida, la principal fuente de alimentación de los menores es la leche materna. Se ha descubierto que ésta contiene células y componentes de la  microbiota intestinal de la madre que se adaptan a la del bebé. 

“La leche materna también es rica en oligosacáridos, prebióticos que sirven de alimento a la microbiota, estimulando el crecimiento de la flora bifidogénica”, según explican desde la Sociedad Española de Pediatría. Existen fórmulas infantiles de leche que contienen los mismos nutrientes que se dan en la leche materna, pero no los anticuerpos de la madre. 

Los expertos recomiendan que la lactancia materna se dé hasta los seis meses de vida del pequeño y que, posteriormente, se complemente con alimentación adicional. Por su parte, la Organización Mundial de la Salud recomienda la introducción de alimentos apropiados para la edad y seguros a partir de los seis meses de edad, y el mantenimiento de la lactancia materna hasta los 2 años o más.

En este sentido, dan algunos consejos a la hora de introducir la alimentación complementaria en la vida del bebé como darles de comer lenta y pacientemente, alentándolos a que coman, pero sin forzarlos; hablarles mientras tanto, y mantener el contacto visual; mantener una buena higiene y manipular los alimentos adecuadamente; empezar a los seis meses con pequeñas cantidades de alimentos y aumentarlas gradualmente a medida que el niño va creciendo (dos a tres al día para los lactantes de 6 a 8 meses, y tres a cuatro al día para los de 9 a 23 meses).

Los principales nutrientes que contribuyen al fortalecimiento del sistema inmune son el hierro (contribuye al correcto desarrollo cognitivo del niño), zinc (contribuye a la creación de células nuevas y enzimas necesarias), vitaminas C, D y A y ácido fólico (tienen un papel destacado en el crecimiento del niño y en el desarrollo de las células que defienden al organismo).

El descanso correcto, primordial

El sueño es un proceso que ocupa la tercera parte de la vida del ser humano y resulta imprescindible para que el individuo mantenga la homeostasis del organismo. Según una revisión llevada a cabo por el Colegio Mexicano de Inmunología Clínica y Alergia: “El sueño tiene un papel importante en la regulación de las respuestas innata y adaptativa; el sueño alterado induce disminución de la inmunidad adaptativa y aumento de la innata”.

“El sueño emerge como un regulador importante del sistema inmune, ya que durante el sueño se llevan a cabo las funciones necesarias para mantener su equilibrio. Por otro lado, la reducción de sueño tiene efectos adversos que alteran el metabolismo y produce incremento en la secreción de la proteína C reactiva, interleucina (IL)-6 y factor de necrosis tumoral (TNF). El sueño puede modificar la función del sistema inmune induciendo cambios en el eje hipotálamo-pituitaria-adrenal y el sistema nervioso simpático. A su vez, el ritmo circadiano de hormonas como el cortisol y la adrenalina, que descienden en la noche, favorece diferentes actividades del sistema inmune”, explican.

En este sentido, es primordial que el menor descanse bien. Pero, ¿cuántas horas son necesarias para un descanso adecuado? Las directrices de la Academia de la Medicina del Sueño de Estados Unidos oscilan entre 16 horas para los bebés y 8 horas para los adolescentes.


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